¿Por qué Del Potro tuvo un paso de oro por Río?

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Foto: Reuters

El oro le pertenece a Andy Murray. Pero el oro también es de Juan Martín Del Potro. Y existe una sencilla razón para explicarlo: al cabo, son dos cracks y dos campeones de un deporte que reúne en partes iguales las mismas y altas dosis de talento y de mente.

No hay empate en el tenis pero desde ayer debería instaurarse ese resultado. No hay reparto equitativo pero aquí no se puede afirmar que uno ganó y que el otro perdió. Aunque, en el análisis más profundo, seguramente el que salió más favorecido de Río de Janeiro fue el argentino. Porque lo suyo fue épico en un momento en el que todavía está saliendo de las incógnitas. Porque lo suyo fue enorme en un tiempo en el que las inseguridades aún lo asaltan. Y porque lo suyo, en definitiva, fue de un nivel extraordinario, de una jerarquía que hacía mucho tiempo no mostraba.

En esta hora de emociones tan profundas nadie debe olvidarse de la consagración de Paula Pareto. Y tampoco de lo que generan Ginóbili, Nocioni, Scola y compañía con su brillo inoxidable, de las ilusiones que despiertan el voleibol y el hockey y de las esperanzas que se abren con Germán Chiaraviglio, Alberto Melián o Santiago Lange y Cecilia Carranza Saroli. Pero lo que nació aquí con Del Potro desde su debut fue magnífico. Movilizó. Sacudió. Estremeció. Vibró e hizo vibrar a todos. En Río, en Tandil y en cada rincón de Argentina.

Lo que hizo fue mágico. Y la referencia no tiene que ver sólo con lo que ocurrió ayer. Porque el concepto debe ser mucho más amplio. Y porque todo fue construyéndose de a poco. Hay que remontarse, quizá, hasta el instante de su propia llegada a la Villa Olímpica, el jueves 4, cuando a eso de las siete y cuarto de la tarde se bajó del ómnibus que lo traía del aeropuerto como uno más. Con sus compañeros de equipo y con Los Pumas. Ahí, cuando empezó a sentir otra vez el espíritu olímpico del cual se había alimentado y se había enamorado hace cuatro años en Londres, hubo un renovado Juan Martín Del Potro. Feliz, sereno. Dispuesto a cruzarse en charlas con el resto de los atletas argentinos, a compartir cenas y sobremesas, a escuchar las aventuras (y las desventuras) de todos ellos, deportistas como él. Siempre listo para dar algún consejo. Siempre con el aval para la foto pedida. Entonces esa energía la trasladó a la cancha. Y con lo que recibió de la gente se hizo imparable en cada presentación e incluso en varios pasajes de la derrota frente a Andy Murray, el bicampeón olímpico.

Que quede bien claro porque acá no se trata del cuento de “el huevo o la gallina”. Aquí primero hubo nivel de tenis; y luego, apoyo de la gente. Con su juego pleno de potencia y su drive que sacudió adversarios, Del Potro encandiló a los argentinos en las tribunas. Pero también le hizo lo mismo a los brasileños porque no fueron pocos los que ayer lo despidieron entre gritos y ovaciones de la cancha central.

Por todo eso, por ahora, estos Juegos Olímpicos son los Juegos Olímpicos de Juan Martín Del Potro. Los Juegos de sus lágrimas tras cada una de sus cinco victorias y luego de la única derrota. Los del abrazo genuino con los hinchas desconocidos pero pintados -como él- de celeste y blanco tras la victoria épica ante Rafael Nadal de las semifinales. Los de ese sueño que él mismo siguió prolongando a puro saque y “escopetazo” con el drive. Los de esa medalla de plata que luce con orgullo sobre su pecho porque, como dijo, se siente “olímpico” en todo sentido. Los de ese regreso a la cancha central cuando interrumpió su adiós detrás de Andy Murray y alguien le alcanzó una bandera argentina que él se puso sobre sus hombros para agradecer una y otra vez tanto amor desatado.

Después de un descanso de varios días y de recargar las pilas con su familia y sus amigos, Del Potro volverá al circuito. Y en un mes estará en Escocia para, en semifinales de la Copa Davis, volver a verles la cara a Murray y a Gran Bretaña. Todavía le queda un largo camino por recorrer antes de sentirse completamente seguro con esa muñeca izquierda que llegó a odiar en algún momento. Esa vuelta no será la misma. Porque Río de Janeiro 2016 lo marcó para siempre. A fuego. En sus Juegos.

Fuente: www.clarin.com

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